Muchas cosas me indignan, pero hay una que sobrepasa con un amplio margen todas las demás. Nada en este planeta, en este sistema solar, en la vía láctea, me indigna más que encontrarme –periódicamente- con algún reverendo hijo de puta que –impunemente- se tira soberano pedo en medio del vagón de subte en plena hora pico.
Pongámoslo de esta manera; el tipo viene caminando, se sube al subte. Se agarra con una mano de la baranda mientras con la otra sostiene el diario oficialista que reparten gratuitamente en Congreso de Tucumán, y así como si nada –tranqui- se tira un “luis”. Vos tranca eh, total no lo huele nadie.
Estos desconsiderados del orto –nunca mejor dicho- que se cagan en público sin ningún tipo de consideración por la vida de los demás, carecen absolutamente de cualquier vestigio de conciencia social, por eso se llevan todo mi desprecio. Les deseo, de corazón, que alguna vez se emborrachen tanto que al día siguiente se levanten en su cama junto a Lita de Lázari. Desnuda.
Dicen que la justicia es ciega. Parece ser que también es anósmica, porque acá se caga todo el mundo y nadie dice nada. Cada vez que me fumo un ajeno me dan ganas de gritar a los cuatro vientos “BUENO, A VER SEÑORES, QUIÉN SE CAGÓ ESTA VEZ? FUE USTED SEÑORA? YA ESTAMOS GRANDES, NO LE PARECE?” Pero si hay algo todavía más increible que la total falta de pudor con la que se manejan estos tipos, es la absoluta indiferencia con la que la gente maneja una situación de emergencia como ésta, razón por la cuál más de una vez me he llegado a preguntar si acaso era yo el único que lo olía. Parece ser que a la gente le da verguenza que los demás sepan que se está fumando terrible pedo. No entiendo por qué, si uno pone cara de asco está claro que el preso no es suyo. Cuánto tiempo más va a pasar antes de que reaccionemos?
La otra vuelta resulta que por problemas técnicos, la formación en la que viajaba quedó fuera de servicio, así que nos bajamos todos y nos subimos en el próximo. Para que se den una idea de lo apretado que estaba, casi que podía levantar las dos piernas a la vez que total la fuerza de rozamiento de mi cuerpo contra la buzarda del de la derecha, el saco de la vieja de adelante y el tobul del que me apoyaba con cara de “boludo disculpame, te juro que no lo estoy disfrutando” me hacía levitar. Arranca el subte, y a los veinte segundos una baranda –de esa no te podías agarrar, pero si querés agarrate de ésta- a lo que parecía ser un pescado muerto, dentro de otro pescado muerto, dentro de una bolsa de pedos, entra por la única fosa nasal que tenía destapada y se las arregla para llegar hasta lo más recóndito de mi sistema olfativo. Esta intromisión provocó tal contracción de mis músculos faciales que pensé que iba a quedar desfigurado de por vida. No les puedo explicar el olor a mierda que había. Mi consuelo fue pensar que había sido más caca que pedo, seguro.
No pude evitar mirar a todos los que me rodeaban a ver si alguno evidenciaba alguna culpa. Pero nada de nada. Nunca agarro a ninguno. Llegué a la conclusión de que quién se caga tan impunemente en los medios de transporte públicos, está orgulloso de hacerlo. Otra no queda. Es como su hijo, libre, dando vueltas por el arenero. Sólo que esta vez el arenero es el subte y su hijo es un pedo.
Algún día haré partia y mataré no sólo un Guardia Urbana, sino también a algún que otro voyeur de las excreciones gaseosas, porque esto ya se fue al carajo.